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nydus/Continental Op StoriesPublic
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III. El acecho

Daban las ocho cuando entré en el vestuario del Montgomery a la mañana siguiente y escogí una silla, esta vez, al alcance de la vista de los ascensores.

A las 10:30 la señora Estep salió del hotel, con la menor a su zaga. Su negativa a admitir que le había llegado una carta de su marido, escrita inmediatamente antes de su muerte, no encajaba con las posibilidades tal y como yo las veía. Y un buen lema para el negocio de los detectives es: «Ante la duda, persíguelos».

Después de desayunar en un restaurante de la calle O’Farrell, se dirigió hacia la zona comercial; y durante un tiempo largo, muy largo —aunque supongo que fue mucho más corto de lo que me pareció a mí—, me guio por las secciones más abarrotadas de los grandes almacenes más llenos de gente que pudo encontrar.

No compró nada, pero miró todo a fondo, mientras yo la seguía a tropezones, tratando de hacerme el gordito que hace un recado para su esposa; mientras mujeres robustas me empujaban y flacas me daban codazos y toda clase de gente se me cruzaba en el camino y me pisaba los pies.

Por fin, después de haber sudado un par de libras, salió de la zona comercial y cortó hacia Union Square, caminando con despreocupación, como si estuviera dando un paseo.

A tres cuartos de camino, dio media vuelta de repente y desanduvo sus pasos, observando con fijeza a todos los que pasaba. Yo estaba en un banco, leyendo una página suelta de un periódico del día anterior, cuando ella pasó de largo. Siguió caminando por la calle Post hasta

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