Una piedra, rodando bajo mi pie, me hizo dar un bandazo lateral, torciéndome el tobillo, pero salvando mi cabeza de la bala que me disparó.
Mi brazo izquierdo extendido atrapó sus piernas mientras caía rodando. Él se vino encima de mí. Le di una patada, agarré su brazo armado y acababa de decidir miscárselo cuando el general jadeó sobre el borde del sendero y apartó al hombre de mí a empujones con la boca de la escopeta.
Cuando me llegó el turno de levantarme, comprobé que no era tan fácil. A mi tobillo torcido no le hacía gracia soportar su parte de mis ciento ochenta y tantos kilos. Poniendo la mayor parte de mi peso en la otra pierna, encendí la linterna hacia el prisionero.
—¡Hola, Flippo! —exclamé.
—¡Hola! —dijo sin alegría al reconocerlo.
Era un joven italiano regordete de veintitrés o veinticuatro años. Yo había contribuido a enviarlo a San Quentin cuatro años atrás por su participación en un atraco a una nómina. Llevaba varios meses en libertad condicional.
—A la junta penitenciaria no le va a gustar esto —le dije.
—Me ha entendido mal —suplicó—. No he estado haciendo nada. Vine aquí a ver a unos amigos. Y cuando se armó todo esto tuve que esconderme, porque tengo antecedentes, y si me detienen me van a condenar a la fuerza por ello. ¡Y ahora me ha atrapado, y cree que estoy metido en esto!
—Usted es adivino —le aseguré, y le pregunté al general—:
«¿Dónde podemos encerrar a este pájaro por un tiempo, bajo llave?».