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nydus/Continental Op StoriesPublic
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VIII

puedes atraparlo; puedes hacer que te ayude a condenarlo. Pero si no quiere hablar, no puedes hacer nada con él.

Y así fue con esta mujer. Se negó a prestar atención a nuestras preguntas; no quiso hablar, asentir, gruñir ni mover un brazo en señal de respuesta. Nos ofreció un buen surtido de expresiones faciales, es verdad, pero nosotros queríamos información verbal, y no obtuvimos ninguna.

No nos dimos por vencidos fácilmente, sin embargo. Le dimos tres hermosas horas de aquello sin descanso. La asaltamos a preguntas, la engatusamos, la amenazamos y, por momentos, creo que hasta bailamos; pero no hubo caso.

Así que al final nos la llevamos con nosotros. No teníamos nada en su contra, pero no podíamos darnos el lujo de que anduviera suelta hasta que atrapáramos a Ledwich.

En el Salón de Justicia no la fichamos; simplemente la retuvieron como testigo material, metiéndola en una oficina con una celadora y uno de los hombres de O'Gar, quienes debían ver qué podían sacar de ella mientras nosotros íbamos tras Ledwich.

Habíamos ordenado que la cachearan tan pronto como llegó al Salón, por supuesto; y, como esperábamos, no llevaba encima nada de importancia.

O’Gar y yo volvimos al Montgomery y registramos su habitación a fondo, sin encontrar nada.

—¿Está seguro de que sabe de qué habla? —preguntó el sargento detective mientras salíamos del hotel—. Va a ser una broma pesada para alguien si se equivoca.

Lo dejé pasar sin responder.

—Nos vemos a las seis y media —dije—, y le haremos frente a Ledwich.

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