Iba vestida para la acción con unos pantalones azules que probablemente eran de Pogy, mocasines de cuentas y una blusa de seda. Una cinta retiraba su rizado cabello rubio de la cara. Llevaba una pistola en una mano y una en cada bolsillo trasero.
El que tenía en la mano se alzó de un golpe.
—Se acabó —me dijo, con total naturalidad.
Mi recién adquirido cómplice se quejó: «¡Espera, espera, Flora! ¡Aquí así no, por favor! Déjame llevarlo al sótano».
Lo miró con el ceño fruncido, encogiéndose de hombros con elegancia.
—Hazlo rápido —dijo ella—. Aclarará en media hora más.
Sentía demasiadas ganas de llorar como para reírme de ellos. ¿Se supone que debía pensar que esta mujer iba a dejar que el conejo le cambiara los planes? Supongo que debía de valorarle en algo la ayuda al viejo carcamal, o no me habría decepcionado tanto cuando esta pequeña comedia me indicó que era una trampa. Pero cualquier hoyo en el que me metieran no podría ser peor que en el que ya estaba.
Así que me adelanté al viejo hacia el recibidor, abrí la puerta que me indicó, encendí la luz del sótano y bajé los ásperos escalones.
Muy cerca de mí susurraba: «Primero te mostraré el dinero, y luego te daré a esos demonios. ¿Y no olvidarás tu promesa? ¿Yo y esa muchacha saldremos pasando por la policía?».
—Oh, sí —le aseguré al viejo bromista.