a gritos que se siente un precedente con ella.
“Y por si todo eso fuera poco, el fiscal ha perdido sus últimos dos casos importantes, y esta vez irá a por todas; el día de las elecciones no está muy lejos”.
La voz tranquila, pausada y precisa había desaparecido. En su lugar había una elocuencia apasionada.
“No sé qué es lo que usted piensa —exclamó Richmond—. Es usted un detective. Para usted esto es un viejo caso. Supongo que es más o menos insensible y escéptico respecto a la inocencia en general. ¡Pero yo sé que la señora Estep no mató a su esposo! ¡No lo digo porque sea mi cliente! Yo fui el abogado del doctor Estep, y su amigo, y si creyera que la señora Estep es culpable, haría todo lo que estuviera en mis manos para ayudar a condenarla. Pero sé tan bien como sé cualquier cosa que ella no lo mató, que no podría haberlo matado”.