Me encontraba en el umbral de una sala ovalada de techo bajo, amueblada y decorada en gris, blanco y plata. Dos hombres y una mujer se encontraban allí.
El hombre mayor —andaba por los cincuenta años— se levantó de un sillón gris y hondo y me hizo una reverencia ceremoniosa. Era un hombre regordete y de estatura media, completamente calvo, de piel oscura y ojos claros. Llevaba un bigote gris de puntas enceradas y una perilla gris y desaliñada.
—¿El señor Kavalov? —pregunté.
—Sí, señor. Su voz era la que se quejaba.
Le dije quién era. Me dio la mano y luego me presentó a los demás.
La mujer era su hija. Probablemente tenía treinta años. Tenía la boca estrecha y de labios carnosos de su padre, pero sus ojos eran oscuros, su nariz era corta y recta, y su piel era casi incolora.
Su rostro tenía algo de Asia. Era bonito, pasivo, inexpresivo.
El hombre de la voz de barítono era su esposo. Se llamaba Ringgo.
Era seis o siete años mayor que su esposa, ni alto ni pesado, pero de buena planta. Tenía el brazo izquierdo en tablillas y cabestrillo. Los nudillos de la mano derecha estaban amoratados.
Tenía un rostro enjuto, huesudo, avispado, con ojos oscuros y brillantes rodeados de muchas arrugas, y una boca dura pero bonachona.