Aquel filipino no había pensado en anotar los números de matrícula de los automóviles. No sabía si habían sido conducidos por blancos o por chinos, ni siquiera qué marca de coches eran.
—Lo has hecho bien —lo aseguré—. Inténtalo de nuevo esta noche. Tómatelo con calma y lo conseguirás.
De allí fui a un teléfono y llamé al Palacio de Justicia. La muerte de Dummy Uhl no había sido reportada, me enteré.
Veinte minutos más tarde me estaba pelando los nudillos contra la puerta principal de Chang Li Ching.