peculiaridades de conducta que no sabía expresar con palabras— que sobre la chica se cernía algún tipo de nube; que ni su pasado ni su presente estaban libres de dificultades. Pero no tenía la menor idea de cuáles podían ser esas dificultades. No le había importado. No sabía absolutamente nada de ella, salvo que era hermosa, y que la amaba, y que ella le había prometido matrimonio.
Luego, el tres del mes —exactamente veintiún días antes de esta mañana de domingo—, la muchacha se había marchado repentinamente de San Francisco. Había recibido una nota suya, enviada por mensajero.
Esta nota, que me mostró después de que insistí rotundamente en verla, decía:
Burkelove:
Acabo de recibir un telegrama y debo marcharme al Este en el próximo tren. Intenté comunicarme contigo por teléfono, pero no fue posible. Te escribiré tan pronto como sepa cuál será mi dirección. Si es que... [Estas dos palabras estaban borradas y solo podían leerse con gran dificultad.] Ámame hasta que vuelva a estar contigo para siempre.
Nueve días después había recibido otra carta suya, desde Baltimore, Maryland. Esta, a la que me costó aún más trabajo echarle un vistazo, decía:
Querido Poeta: Me parece que hace dos años que no te veo, y me temo que va a pasar entre uno y dos meses antes de volverte a ver. No puedo decirte ahora, amor mío, qué fue lo que me trajo aquí. Hay cosas que no se pueden poner por escrito.