Me deshice de parte de mi desconcierto, haciendo un poco de espacio para la inteligencia en mi cabeza. Esta tontería en la que andábamos metidos no era cierta. No podía estar pasando. Nada salía nunca exactamente de ese modo. Uno no se quedaba en las esquinas derribando a la gente uno tras otro como una máquina, mientras un enclenque don nadie al otro extremo te los iba sirviendo. ¡Era malditas veces demasiado estúpido! ¡Ya había tenido bastante!
Pasé de largo mi escondite, dejé la pipa y busqué otro sitio donde acurrucarme, debajo de unas baldas, cerca de los escalones. Me encogí allí con una pistola en cada puño. Este juego en el que estaba participando era —tenía que serlo— turbio en los márgenes. No iba a quedarme quieto ni un minuto más.
Flora bajó las escaleras. Dos escalones detrás de ella trotaba el hombrecito.
Flora tenía un arma en cada mano. Sus ojos grises abarcaban todo. Llevaba la cabeza gacha como la de un animal que va a pelear. Sus fosas nasales temblaban. Su cuerpo, bajando ni lenta ni rápidamente, guardaba el equilibrio como el de una bailarina.
Si vivo un millón de años jamás olvidaré la estampa que esta hermosa y brutal mujer formaba al bajar por aquellos escalones de bodega sin cepillar. Era un hermoso animal criado para el combate que iba a una pelea.
Me vio cuando me enderezaba.
«¡Suéltalos!», dije, pero sabía que no lo haría.
El hombrecillo sacó de su manga una porra blanda y marrón de un golpe seco y la noqueó detrás de la oreja justo cuando ella me apuntaba con su pistola izquierda.
Salté y la atrapé antes de que cayera al cemento.