Encontré al Mexicano Paddy en el antro de Jean Larrouy.
Paddy—un amable estafador que parecía el Rey de España—me enseñó sus grandes dientes blancos en una sonrisa, apartó una silla para mí con un pie y le dijo a la chica que compartía su mesa:
—Nellie, te presento al policía de mejor corazón de San Francisco. Este gordito hará cualquier cosa por cualquiera, con tal de mandar a los infelices a cadena perpetua al final.
Se volvió hacia mí, agitando su puro hacia la muchacha: —Nellie Wade, y no tienes nada con qué inculparla. No necesita trabajar; su viejo es contrabandista.
Era una muchacha esbelta de azul: piel blanca, largos ojos verdes, pelo castaño corto. Su rostro hosco cobró vida y belleza cuando me tendió una mano sobre la mesa, y ambos nos reímos de Paddy.
—¿Cinco años? —preguntó ella.
—Seis —corregí.
—¡Maldita sea! —dijo Paddy, sonriendo y llamando a un camarero—. Algún día voy a engañar a un sabueso.
Hasta entonces los había engañado a todos; jamás había pisado la trena.
I looked at the girl again. Six years before, this Angel Grace Cardigan had buncoed half a dozen Philadelphia boys out of plenty. Dan Morey and I had nailed her, but none of her victims would go to the bat against her, so she had been turned loose. She was a kid of nineteen then, but already a smooth grifter.