Cuando desperté era de mañana, y Milk River me estaba hurgando con un dedo.
“¿Piensas levantarte para desayunar, o prefieres que te lo suba?”
Me moví con cautela hasta que comprobé que estaba de una pieza.
“Puedo arrastrarme hasta allí.”
Se sentó en una litera al otro lado de la habitación y se lió un cigarrillo mientras yo me ponía los zapatos, lo único, aparte del sombrero, con lo que no me había acostado. Tenía algo que decir, así que le di tiempo, atándome los zapatos lentamente.
Por fin lo dijo:
“Siempre tuve la idea de que cualquiera que no supiera mantenerse a caballo no podía valer gran cosa. Ya no estoy tan seguro. Tú no sabes montar ni sabrás nunca. ¡Parece que no tienes la menor idea de qué hacer una vez que estás en medio del animal! Pero, a pesar de todo, un hombre que se deja ensuciar por un bronco tres veces seguidas y luego se le planta a un tipo que intenta impedir que lo haga definitivo, no está del todo mal de la cabeza”.
Encendió su cigarrillo y partió la cerilla por la mitad.
“Tengo un caballo alazano que te lo dejo en cien dólares. No le interesa para nada manejar vacas, pero es todo un caballo, y no es mañoso”.
Me metí en la riñonera; le deslicé cinco billetes de veinte en el regazo.
—Más vale que lo miremos primero —objetó él.