implementos de destrucción. Los hombres traían sus armas para juntarlas con las mías. El truco consistía en apartarme a empujones de mi puerta. A O'Leary le habría gustado. Pero yo no era ningún camorrista pelirrojo de pelo de fuego. Estaba cerca de los cuarenta y pesaba veinte libras de más. Tenía el gusto por la comodidad que acompaña a esa edad y a ese peso. Poca comodidad conseguí.
Un portugués bizco me tiró un tajo al cuello con un cuchillo que arruinó mi corbata. Le atiné detrás de la oreja con el lateral de la pistola antes de que pudiera escapar, vi la oreja desgarrarse. Un muchacho sonriente de veinte años se me fue a las piernas: jugada de fútbol americano. Sentí sus dientes en la rodilla que alcé de un golpe, y los sentí romperse. Un mulato picado de viruelas asomó el cañón de una pistola por encima del hombro del hombre que tenía enfrente. Mi cachiporra le crujió el brazo al hombre de enfrente. Se encogió de lado mientras el mulato apretaba el gatillo, y le volaron medio rostro.
Disparé dos veces: una vez cuando me apuntaron con un arma a menos de treinta centímetros del vientre, otra cuando descubrí a un hombre parado en una mesa no muy lejos de allí que apuntaba con cuidado a mi cabeza. Por lo demás, confié en mis brazos y piernas, y ahorré balas. La noche era joven y solo tenía una docena de píldoras: seis en el arma, seis en el bolsillo.
Era un magnífico atado de clavos.
- Balanceo a la derecha, balanceo a la izquierda, patada, balanceo a la derecha, balanceo a la izquierda, patada.
No lo dudes, no busques blancos.
Dios se encargará de que siempre haya un pringado ahí para que tu pistola o tu cachiporra le aticen, un estómago para tu bota.