Aire húmedo soplaba hacia mí desde la cocina.
Eso era algo de lo que preocuparse. Tenía compañía, y él era más astuto que yo. Podía abrir puertas o ventanas bajo mis narices. Eso no era nada bueno.
Apoyando el peso en los tacones de goma, me alejé de la silla hasta que el marco de la puerta del sótano tocó mi hombro.
No estaba seguro de que fuera a gustarme esta fiesta. Me gusta jugar con ventaja o, como mínimo, de igual a igual, y aquello no tenía buena pinta.
Así que cuando un delgado hilo de luz danzó desde la cocina para dar en la silla del pasillo, yo estaba a tres pasos de la bodega, con la espalda pegada a la pared de la escalera.
La luz se detuvo en la silla un par de segundos, y luego comenzó a moverse rápidamente por el pasillo, atravesándolo hacia la habitación del fondo. No podía ver nada más que la luz.
Nuevos sonidos llegaron a mí: el