No sabía si tenía valor o no, pero ante un público supuse que daría un espectáculo grandioso, y la mayor parte de este numerito sería ante un público. Allá en un rincón oscuro, tenía la corazonada de que se volvería blando. Creía en sí mismo —absolutamente—. Eso es el noventa por ciento del liderazgo, así que por ese lado no tenía fallas. No confiaba en mí. Me había aceptado porque, tal como se habían dado las cosas, era más fácil hacerlo que cerrarme la puerta en las narices.
Él seguía hablando de sus planes.
No había nada de qué hablar.iba a meter a sus soldados en el pueblo a primera hora de la mañana y tomaría el control del gobierno. Ese era todo el plan que se necesitaba.
Lo demás era la lechuga alrededor del plato, pero esta parte de la lechuga era la única que podíamos discutir. Era aburrido.
A las once Einarson dejó de hablar y nos dejó, pronunciando un discurso de este tipo:
—Hasta las cuatro, señores, momento en que comienza la historia de Muravia. Me puso una mano en el hombro y me ordenó: —¡Guarda a Su Majestad!
Dije: «Ajá», y enseguida mandé a Su Majestad a la cama. No tenía intención de dormir, pero era demasiado pequeño para reconocerlo, así que se fue de buena gana. Tomé un taxi y fui a casa de Romaine.
Era como una niña la noche antes de un pícnic. Me besó y besó a la criada Marya. Se sentó en mis rodillas, a mi lado, en el suelo, en todas las sillas, cambiando de sitio cada medio minuto.