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nydus/Continental Op StoriesPublic
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VIII

“Dijiste hace un rato que no te importaba quién era yo —comenzó de inmediato—. Pero quiero que sepas.

Somos tantos los rusos que una vez fuimos alguien y que ahora no somos nadie que no voy a aburrirte con la repetición de un cuento que el mundo ya se cansó de escuchar. Pero debes recordar que este cansado cuento es real para nosotros, que somos sus protagonistas. Sin embargo, huimos de Rusia con lo que pudimos llevar de nuestras propiedades, lo que afortunadamente fue suficiente para mantenernos en una comodidad soportable durante unos años.

“En Londres abrimos un restaurante ruso, pero de pronto Londres se llenó de restaurantes rusos, y el nuestro pasó de ser un medio de subsistencia a una fuente de pérdidas. Intentamos dar clases de música y de idiomas, etcétera. En resumen, recurrimos a todos los medios para ganarnos la vida a los que recurrían los demás exiliados rusos, y por eso siempre nos encontrábamos en campos saturados y, por lo tanto, poco rentables. Pero ¿qué otra cosa sabíamos —o podíamos hacer—?

“Prometí no aburrirte. Bien, siempre nuestro capital menguaba, y siempre se acercaba el día en que iríamos andrajosos y hambrientos, el día en que nos volveríamos familiares para los lectores de los dominicales de vuestros periódicos: limpiadoras que habían sido princesas, duques que ahora no eran más que mayordomos. No había lugar para nosotros en el mundo. Los proscritos se convierten fácilmente en forajidos. ¿Por qué no? ¿Acaso se podía decir que le debiéramos alguna lealtad al mundo? ¿No se había cruzado de brazos el

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