La lluvia nos empapó. Cambiamos de posición, temblamos y conversamos. La claridad llegó lentamente, mostrando cada vez más a quienes nos rodeaban, mojados y de ojos curiosos.
En el borde de la multitud, unos hombres prorrumpieron en vítores. Los demás se sumaron. Olvidaron su miseria mojada, rieron y bailaron, se abrazaron y se besaron unos a otros.
Un hombre barbudo con abrigo de cuero se nos acercó, hizo una reverencia ante Grantham y le explicó que el propio regimiento de Einarson se podía ver ocupando el Edificio de la Administración y la Residencia Ejecutiva.
El día llegó por completo.
La turba a nuestro alrededor se abrió para dar paso a un automóvil que estaba rodeado por un escuadrón de jinetes. Se detuvo frente a nosotros.
El coronel Einarson, con la espada desenvainada en la mano, bajó del auto, saludó y nos mantuvo la puerta abierta a Grantham y a mí. Entró detrás de nosotros, oliendo a victoria como una corista a Coty.
Los jinetes volvieron a cerrar filas alrededor del auto, y nos llevaron al Edificio de la Administración, a través de una multitud que gritaba y corría con el rostro encendido y feliz tras nosotros. Todo aquello era bastante teatral.