—¿Qué pretende? Hace falta un estómago de hierro para enfrentarse a una ametralladora. A sus hombres los barrieron de los edificios casi antes de que llegaran.
La mujer que se había desmayado ya había vuelto en sí y le hacía al muchacho preguntas análogas en ruso.
La princesa se estaba poniendo la capa azul. La mujer dejó de interrogar al muchacho y le preguntó algo a ella.
—Todo ha terminado —dijo la princesa—. Voy a ver las ruinas.
Esa sugerencia le gustó a todo el mundo.
Cinco minutos más tarde, todos nosotros, incluidos los criados, íbamos cuesta abajo. Detrás de nosotros, a nuestro alrededor, delante de nosotros, había otra gente que bajaba, apresurándose bajo la llovizna que ahora era muy suave, con el rostro cansado y emocionado bajo la luz desolada de la mañana.
A mitad de camino, una mujer salió corriendo de un sendero transversal y empezó a decirme algo. La reconocí como una de las sirvientas de Hendrixson.
Capturé algunas de sus palabras.
“Regalos desaparecidos. … El señor Brophy asesinado. … Oliver. …”