—Pero —continué—, yo estuve con él y con la chica, en Tijuana, antes de anoche, cuando se cometió este asesinato.
“¿Y‑y‑bueno?”
Un golpe en la puerta interrumpió nuestra charla. Era un policía para decirme que me reclamaban por teléfono. Bajé al primer piso, y la voz de Vance Richmond llegó a través del hilo.
—¿De qué se trata? La señorita Henry me dio su recado, pero no pudo darme ningún detalle.
Le conté todo.
—Me marcharé a la ciudad esta noche —dijo cuando hube terminado—. Tú haz lo que te parezca. Tienes total libertad de acción.
“De acuerdo —repliqué—. Probablemente estaré fuera de la ciudad cuando vuelvas. Puedes localizarme a través de la agencia si quieres ponerte en contacto conmigo. Le pondré un telegrama a Ashcraft para que venga, a tu nombre”.
Después de que Richmond colgó, llamé a la cárcel municipal y le pregunté al capitán si John Ryan, alias Fred Rooney, alias Jamocha, seguía allí.
“No. Los agentes federales salieron hacia Leavenworth con él y otros dos prisioneros ayer por la mañana”.
De nuevo arriba en la biblioteca, le dije a O’Gar apresuradamente:
“Tomaré el tren nocturno hacia el sur, jugándome el todo por el todo a que el trabajo se hizo en Tijuana. Le voy a poner un telegrama a Ashcraft para que suba. Quiero alejarlo del pueblo mexicano por uno o dos días, y si está por aquí puedes vigilarlo. Te daré una descripción de él y podrás