—Había una vez un joven médico en un pueblo muy lejano de aquí —comenzó Ledwich—. Se vio envuelto en un escándalo —bastante ruin— y se libró de la cárcel por los pelos. La junta médica estatal le revocó la licencia.
“En una gran ciudad no muy lejana, este joven médico, una noche en que estaba borracho —como solía estarlo por entonces—, le contó sus penas a un hombre que había conocido en un antro. El amigo era un tipo ingenioso, y se ofreció, a cambio de un precio, a arreglarle al doctor un diploma falso, para que pudiera establecer su consulta en otro estado.
“El joven médico lo acogió, y el amigo le consiguió el diploma. El doctor era el hombre que ustedes conocen como el Dr. Estep, y yo fui el amigo. ¡El verdadero Dr. Estep fue encontrado muerto en el parque esta mañana!”
¡Eso era toda una noticia, de ser verdad!
—Verá —prosiguió el hombretón—, cuando me ofrecí a conseguirle el diploma falso al joven doctor —cuyo nombre real no importa—, tenía en mente uno falsificado. Hoy en día son fáciles de conseguir; hay todo un negocio montado en torno a ellos, pero hace veinticinco años, aunque se podía apañar, eran difíciles de obtener. Mientras intentaba conseguir uno, me topé con una mujer con la que solía trabajar: Edna Fife. Esa es la mujer que usted conoce como la primera señora Estep.
“Edna se había casado con un médico —el verdadero doctor Humbert Estep. Era un médico de mierda, sin embargo; y después de pasar hambre con él en Filadelfia durante un par de años, lo hizo cerrar su consultorio y volvió al timo, llevándoselo con ella. Era buena en eso, se lo digo yo —una