—¡Ay, carajo, Tai! —bramar(-se) / —bramó Hook—. ¿Quieres dejarte de quejar, de una vez? ¿Qué más da? ¡Me lo cargo y con eso se acabó!
El chino dejó su maleta marrón y negó con la cabeza.
—No habrá ninguna muerte —arrastró las palabras—, o habrá unas cuantas muertes. No malinterpreta mi significado, ¿verdad, Hook?
Hook no lo hizo. Su nuez de Adán subió y bajó con el esfuerzo de su deglución, y detrás del cojín que me estaba asfixiando, le volví a dar las gracias al hombre amarillo.
Luego esta pelirroja endiablada metió la cuchara en el plato.
—Hook siempre está ofreciendo hacer cosas que no tiene ninguna intención de hacer —le dijo ella a los chinos.
El feo rostro de Hook se puso rojo de rabia ante este recordatorio de su promesa de atrapar al chino, tragó saliva de nuevo y sus ojos daban la impresión de que nada le habría gustado más que tener la oportunidad de meterse debajo de algo. Pero la muchacha lo tenía atrapado; su influencia era más fuerte que su cobardía.
De repente se acercó al chino y, desde su ventaja de una cabeza entera de estatura, le frunció el ceño a la redonda y amarilla cara que era tan inexpresiva como un reloj sin manecillas.
—Tai —gruñó el hombre feo—; se acabó. Estoy harto de toda esa soberbia que te traes, actuando como si fueras un rey o algo así. ¡Ya me he tragado todas las insolencias que le voy a aguantar a un Chink! Voy a...
Titubeó, y sus palabras se desvanecieron en silencio. Tai lo miró con unos ojos que eran tan duros, negros e inhumanos como dos trozos de carbón.