Cuando llegué a la agencia a las nueve en punto, uno de los empleados acababa de terminar de descifrar un telegrama nocturno del agente de Los Ángeles que había sido enviado a Nogales. Era un telegrama largo y sustancioso.
Decían que Tom-Tom Carey era muy conocido a lo largo de la frontera. Durante unos seis meses se había dedicado al tráfico transfronterizo: armas hacia el sur, licor y, probablemente, drogas e inmigrantes hacia el norte. Justo antes de marchar de allí la semana anterior, había hecho averiguaciones acerca de cierto Hank Barrows. La descripción de este Hank Barrows encajaba con la de H. F. Barrows, al que habían hecho tiras, que se había caído por la ventana del hotel y había muerto.
El agente de Los Ángeles no había podido averiguar gran cosa sobre Barrows, salvo que era de San Francisco, que llevaba en la frontera apenas unos días y que al parecer había regresado a San Francisco. El agente no había descubierto nada nuevo sobre el asesinato de Newhall; los indicios seguían apuntando a que lo habían matado al resistirse a la captura por parte de los patriotas mexicanos.
Dick Foley entró en mi oficina mientras leía esta noticia. Cuando hube terminado, me dio su contribución a la historia de Tom-Tom Carey.
“Lo seguí desde aquí. Al hotel. Arlie en la esquina. A las ocho, Carey sale. Garaje. Alquila un coche sin chófer. Vuelve al hotel. Se marchó. Dos maletas. Salió por el parque. Arlie detrás de él en un Ford T. Mi barco detrás de Arlie. Por el bulevar abajo. Desvío en el cruce. Oscuro. Solitario. Arlie pisa el acelerador. Se acerca. ¡Bang! Carey se detiene. Dos pistolas disparando. Arlie sale de escena. Carey de vuelta a la ciudad. Hotel Marquis. Se registra como George F. Danby, San Diego. Habitación 622.”