Pero en cuanto esté de nuevo contigo, te contaré toda esta maldita historia. Si algo llegara a suceder —me refiero a mí—, seguirás amándome por siempre, ¿verdad, amor mío? Pero qué tontería. No va a suceder nada. Acabo de bajar del tren y estoy cansada del viaje. Mañana te escribiré una carta muy, muy larga para compensar esta. Mi dirección aquí es 215 N. Stricker St. ¡Por favor, señor, al menos una carta al día! Tuya propia
Durante nueve días había recibido una carta de ella cada día —con dos el lunes para compensar la del domingo en que no hubo ninguna—, y entonces sus cartas se habían detenido. Y las cartas diarias que él había enviado a la dirección que ella le dio —215 N. Stricker Street— habían comenzado a devolvérsele, con la marca de «Desconocida».
Había enviado un telegrama, y la compañía telegráfica le había informado de que su oficina de Baltimore no había podido encontrar a una Jeanne Delano en la dirección de la calle North Stricker.
Durante tres días había esperado, aguardando de hora en hora noticias de la muchacha, y no había llegado ninguna palabra. Entonces había comprado un billete para Baltimore.
—Pero —concluyó—, tenía miedo de ir. Sé que está en algún tipo de problema, puedo sentirlo, pero soy un poeta tonto. No sé lidiar con misterios. O no encontraría absolutamente nada o, si por suerte diera con la pista correcta, lo más probable es que solo enredara las cosas; añadiría nuevas complicaciones, tal vez pondría su vida aún más en peligro. No puedo ir dando tumbos de esa manera, sin saber si la estoy ayudando o