rápidamente y llegué a una habitación pequeña, larga y estrecha, como si estuviera situada dentro de un muro grueso.
No había luz. Mi linterna mostró una habitación de tal vez dieciocho pies de largo por cuatro de ancho, amueblada con una mesa, un sofá y dos sillas. Miré debajo de la única alfombra en el piso. La trampilla estaba allí, un armatoste burdo que ni disimulaba ser parte del suelo.
Tendido boca abajo, puse la oreja contra la trampilla. Ni un sonido. La levanté un par de pulgadas. Oscuridad y un débil murmurio de voces. Empujé la trampilla del todo, la bajé con suavidad al suelo y metí la cabeza y los hombros por la abertura, descubriendo entonces que se trataba de un sistema doble. Otra puerta había debajo, encajando sin duda en el techo de la habitación inferior.
Con cautela me dejé caer sobre él. Cedió bajo mi pie. Podría haberme vuelto a subir, pero ya que lo había movido, opté por seguir adelante.
Puse los dos pies en él.
Se abatió.
Caí en la luz.
La puerta chasqueó cerrándose sobre mi cabeza.
Agarré a Hsiu Hsiu y le tapé la pequeña boca con la mano a tiempo para mantenerla callada.
“Hola —le dije al desconcertado Garthorne—; esta es la noche libre de mi muchacho, así que vine yo mismo”.
—Hola —dijo jadeando.
Esta habitación, vi, era un duplicado de aquella de la que había caído, otro armario entre paredes, aunque este tenía una puerta de madera sin