no estaba en mi espalda.
Tenues destellos de conciencia me hicieron comprender que me golpeaban de un lado a otro con una fuerza que tenía demasiado entumecida como para sentir. Sin cesar, con la cabeza, los hombros, los codos, los puños, las rodillas y los pies, golpeaba las sombras que me rodeaban. …
De repente volví a ver—no con claridad—pero las sombras iban cobrando color; y mis oídos regresaron un poco, de modo que en ellos resonaban gruñidos y rugidos y maldiciones y el impacto de los golpes. Mi fatigada mirada se posó en una escupidera de latón situada a unos quince centímetros de mis ojos. Supe entonces que había vuelto a caer al suelo.
Mientras me retorcía para lanzar una patada a un cuerpo blando sobre mí, algo que era como una quemadura, pero que no era una quemadura, me recorrió una pierna: un cuchillo. El ardor de este me devolvió la conciencia de golpe.