cuantos— había estado plagado de timadores que eran una amenaza para la vida y la propiedad. Valía la pena echarle un vistazo, sobre todo porque la compañía de seguros que cubría el Banco Nacional de los Marineros era cliente de la Agencia de Detectives Continental.
A la vuelta de la esquina, a unos veinte pies por la calle Kearny, me detuve.
De la calle que acababa de dejar salieron dos detonaciones: los disparos de una pistola pesada. Volví por donde había venido. Al doblar la esquina vi a unos hombres reunidos en grupo calle arriba. Un joven armenio—un muchacho elegante de diecinueve o veinte años—pasó a mi lado, en dirección contraria, caminando con desparpajo, las manos en los bolsillos, tarareando bajito «Brokenhearted Sue».
Me uní al grupo —que ahora se estaba convirtiendo en una multitud— alrededor de Beno. Beno estaba muerto; la sangre de dos agujeros en su pecho manchaba los periódicos arrugados debajo de él.
Fui hasta lo de Larrouy y me asomé. Red O’Leary, Bluepoint Vance, Nancy Regan, Sylvia Yount, Paddy the Mex, Angel Grace, Denny Burke, Sheeny Holmes, Happy Jim Hacker: no había ni rastro de ninguno de ellos.
Volviendo a las inmediaciones de Beno, me demoré con la espalda contra una pared mientras la policía llegaba, hacía preguntas, no averiguaba nada, no encontraba testigos y se marchaba, llevándose lo que quedaba del vendedor de periódicos con ellos.
Me fui a casa y a la cama.