—Te vas a divertir de lo lindo —repitió Milk River—. ¡Claro que dan problemas! Pero ¿cómo iba a criar vacas Peery por aquí abajo si no se consigue una cuadrilla que esté a la altura de los pistoleros que a los de vuestra colonia Orilla no les gustan? Y ya sabes cómo son los vaqueros. Los metes en un vecindario difícil y se empeñan en demostrarle a todo el mundo que son tan duros como el que más, y más todavía.
“No tengo nada en contra de ellos, si se portan bien.
¿Y qué hay de esta gente que cruza la frontera?”
—Considero que Bardell es tu pieza gorda. Si alguna vez le sacarás algo es otra cosa—algo para que te rompas la cabeza. Después de él—el Gran ’Nacio. ¿Aún no lo has visto? Un mexicano grandote y de barbas negras que tiene un rancho cañón abajo—a cuatro o cinco millas de este lado de la línea. Todo lo que cruza la línea pasa por ese rancho. Pero demostrar eso es otro asunto para que te rompas la crisma.
“¿Él y Bardell trabajan juntos?”
—Ajá, creo que trabaja para Bardell. Otra cosa que tienes que incluir en tu cuenta es que estos señores extranjeros que compran su pase al otro lado no siempre —ni siquiera la mayoría de las veces— terminan donde quieren. ¡No tiene nada de extraño hoy en día encontrar unos huesos en el desierto al lado de lo que era una tumba hasta que los coyotes la abrieron! ¡Y los zanates se están poniendo gordos! Si el inmigrante lleva algo que valga la pena quitarle, o si un par de agentes del gobierno andan husmeando por ahí, o si pasa cualquier cosa que ponga nerviosos a los señores del contrabando, por lo general abandonan a su cliente y lo entierran allí mismo donde cae.