Durante cuatro días trabajé sin descanso en la lista. Busqué, encontré, interrogué e investigué a amigas y familiares de las mujeres y niñas de mi lista.
Todas mis preguntas apuntaban en la misma dirección.
- ¿Había conocido a Myra Banbrock?
- ¿A Ruth?
- ¿A la señora Correll?
- ¿Había necesitado dinero antes de su muerte o desaparición?
- ¿Había destruido algo antes de su muerte o desaparición?
- ¿Había conocido a alguna de las otras mujeres de mi lista?
Tres veces saqué síes.
Sylvia Varney, una muchacha de veinte años que se había suicidado el 5 de noviembre, había retirado seiscientos dólares del banco la semana antes de su muerte. Nadie en su familia supo decir qué había hecho con el dinero. Una amiga de Sylvia Varney —Ada Youngman, una mujer casada de veinticinco o veintiséis años— había desaparecido el 2 de diciembre y seguía sin aparecer. La muchacha de los Varney había estado en casa de la señora Youngman una hora antes de que ella —la muchacha de los Varney— se suicidara.
La señora Dorothy Sawdon, una joven viuda, se había pegado un tiro la noche del 13 de enero. No se encontró rastro ni del dinero que su marido le había dejado ni de los fondos de un club del que era tesorera.