—Yo responderé a eso. Son buenas almas, nuestros cofrades, pero dados a la timidez. No hay timidez bajo un liderazgo capaz. ¡Ya lo verán! Y volvió a tirar de su bigote. Este militarote parecía sentirse muy napoleónico esta tarde. Pero no lo descarté como a un revolucionario de opereta; recordaba lo que le había hecho al soldado.
Salimos del hotel, subimos a un automóvil, recorrimos siete cuadras y entramos en un pequeño hotel en una calle secundaria. El botones hizo una reverencia hasta el cinturón al abrirle la puerta a Einarson. Grantham y yo seguimos al oficial por un tramo de escaleras y por un pasillo penumbroso.
Un hombre gordo y grasiento de unos cincuenta años salió a nuestro encuentro haciendo reverencias y tarareando. Einarson me lo presentó: era el dueño del hotel. Nos llevó a una habitación de techo bajo donde treinta o cuarenta hombres se levantaron de sus sillas y nos miraron a través del humo del tabaco.
Einarson pronunció un discurso breve y muy formal que no pude entender, en el que me presentó a la pandilla.
Incliné la cabeza hacia ellos y encontré un asiento al lado de Grantham. Einarson se sentó a su otro lado. Todos los demás volvieron a sentarse, sin ningún orden en particular.
El coronel Einarson se alisó el bigote y comenzó a hablar con este y con el otro, gritando por encima del estrépito de otras voces cuando era necesario. En voz baja, Lionel Grantham me señaló a los conspiradores más importantes: una docena o más de miembros de la Cámara de Diputados, un banquero, un hermano del Ministro de Hacienda (que se supo que representaba a dicho funcionario), media docena de oficiales (todos de civil esta noche), tres profesores de la universidad, el presidente de un sindicato obrero, el director de un periódico y su redactor jefe, el