decirse en su favor. Era un cobarde. Era un mentiroso. Era un ladrón y un drogadicto. Era un traidor a los de su calaña y, si no lo vigilaban, a sus empleadores. ¡Una joyita con la que tratar! Pero la investigación es un oficio duro, y uno utiliza las herramientas que tiene a mano. Este Porky era una herramienta eficaz si se la manejaba bien, lo que significaba tener la mano en su garganta todo el tiempo y verificar cada trozo de información que traía.
Su cobardía era —para mis fines— su mayor activo. Era notoria en toda la Costa de los criminales; y aunque nadie —delincuente o no— pudiera considerarlo en absoluto un hombre de confianza, tampoco se desconfiaba propiamente de él. La mayoría de sus compañeros lo creían demasiado cobarde para ser peligroso; pensaban que tendría miedo de traicionarlos; miedo de la venganza fulminante que el mundo del hampa le inflige al soplón. Pero no tomaban en cuenta el talento de Porky para autoconvencerse de que era un tipo de corazón de león cuando no había ningún peligro cerca. Así que iba libremente a donde quería y a donde yo lo enviaba, y me traía datos inalcanzables por otros medios sobre asuntos que me interesaban.
Durante casi tres años lo había utilizado con bastante éxito, pagándole bien y teniéndolo bajo mi zapato.
«Informante» era la palabra educada que lo designaba en mis informes; los Bajos Fondos tienen nombres aún menos amables que el vulgar «soplón» para denotar a los de su ralea.
“Tengo un trabajo para ti”, le dije, ahora que volvía a estar sentado, con los pies en el suelo.