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nydus/Continental Op StoriesPublic
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IV

secretos— y yo estaba jugando a lo mismo con él. Ninguno de los dos avanzó mucho. Ni él ni yo éramos tan inexpertos en el mundo como para soltar estando borrachos mucho que no hubiera salido a la luz si hubiéramos estado sobrios. Pocos hombres maduros lo hacen, a menos que les dé por presumir o los manejen con mucha habilidad. Toda aquella tarde nos sentamos el uno frente al otro sobre la mesa en el centro de la habitación, bebimos y nos entretenimos mutuamente.

“Sabe⁠—decía por ahí cerca del anochecer⁠—, he sido un maldito imbécil. Tengo esposa⁠—la mujercita más buena del mundo. Quiere que vuelva con ella y toda la pesca. Y sin embargo me quedo por aquí, tragándome este l‑líquido⁠—dándole a la pipa⁠—cuando podría ser alguien. Arqui⁠—arquitecto, ¿entiende?⁠—de los buenos, además. Pero me encasquillé⁠—me metí con esta gente. P‑parece que no puedo zafarme. Voy a hacerlo, sin embargo⁠—sin coñas. Voy a volver con mi mujercita, la más buena del mundo. No le diga nada a Kewpie. Armaría la de Dios es cristo si se enterara de que voy a darle boleto. Chica maja, K‑kewpie, pero dura. S‑se le plantaría a uno un puñetero cuchillo en las costillas. ¡Y con razón! Pero voy a volver con mi mujer. A zafarme de la p‑pipa y de todo. Míreme. ¿Tengo cara de vicioso? ¡Claro que no! Me estoy curando, por eso. Ya le enseñaré⁠—voy a echar una fumada ahora mismo⁠—, le enseñaré que puedo dejarlo o tomarlo cuando quiera”.

Incorporándose con mareo de la silla, deambuló hasta la habitación contigua, canturreando una canción a voz en grito:

“Una linda cortesana con un peso de cuarto, bebiendo ginebra con su galán⁠— Una taberna de mala muerte al romper el alba, esperando a⁠—”

Entró tambaleándose en la habitación de nuevo cargando con un elaborado equipo para fumar opio —todo de plata y ébano— sobre una bandeja de plata. Lo puso sobre la mesa y me tendió una pipa con un gesto teatral.

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