secretos— y yo estaba jugando a lo mismo con él. Ninguno de los dos avanzó mucho. Ni él ni yo éramos tan inexpertos en el mundo como para soltar estando borrachos mucho que no hubiera salido a la luz si hubiéramos estado sobrios. Pocos hombres maduros lo hacen, a menos que les dé por presumir o los manejen con mucha habilidad. Toda aquella tarde nos sentamos el uno frente al otro sobre la mesa en el centro de la habitación, bebimos y nos entretenimos mutuamente.
“Sabe—decía por ahí cerca del anochecer—, he sido un maldito imbécil. Tengo esposa—la mujercita más buena del mundo. Quiere que vuelva con ella y toda la pesca. Y sin embargo me quedo por aquí, tragándome este l‑líquido—dándole a la pipa—cuando podría ser alguien. Arqui—arquitecto, ¿entiende?—de los buenos, además. Pero me encasquillé—me metí con esta gente. P‑parece que no puedo zafarme. Voy a hacerlo, sin embargo—sin coñas. Voy a volver con mi mujercita, la más buena del mundo. No le diga nada a Kewpie. Armaría la de Dios es cristo si se enterara de que voy a darle boleto. Chica maja, K‑kewpie, pero dura. S‑se le plantaría a uno un puñetero cuchillo en las costillas. ¡Y con razón! Pero voy a volver con mi mujer. A zafarme de la p‑pipa y de todo. Míreme. ¿Tengo cara de vicioso? ¡Claro que no! Me estoy curando, por eso. Ya le enseñaré—voy a echar una fumada ahora mismo—, le enseñaré que puedo dejarlo o tomarlo cuando quiera”.
Incorporándose con mareo de la silla, deambuló hasta la habitación contigua, canturreando una canción a voz en grito:
“Una linda cortesana con un peso de cuarto, bebiendo ginebra con su galán— Una taberna de mala muerte al romper el alba, esperando a—”
Entró tambaleándose en la habitación de nuevo cargando con un elaborado equipo para fumar opio —todo de plata y ébano— sobre una bandeja de plata. Lo puso sobre la mesa y me tendió una pipa con un gesto teatral.