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nydus/Continental Op StoriesPublic
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I

“Ella no oyó nada de lo que el médico le dijo a la mujer, pero a través de la puerta cerrada escuchó la voz de la mujer de vez en cuando⁠: una voz aguda y angustiada, al parecer suplicando. La mayor parte de las palabras se le perdieron a la enfermera, pero oyó una frase coherente. «¡Por favor! ¡Por favor!», oyó gritar a la mujer, «¡No me rechace!». La mujer estuvo con el doctor Estep unos quince minutos y se fue sollozando en un pañuelo. El doctor Estep no dijo nada sobre la visitante ni a su enfermera ni a su esposa, quien no se enteró de ello sino hasta después de la muerte de él.

“Al día siguiente, hacia el anochecer, mientras la enfermera se ponía el sombrero y el abrigo dispuesta a irse a casa, el doctor Estep salió de su consulta con el sombrero puesto y una carta en la mano. La enfermera vio que tenía el rostro pálido —«blanco como mi uniforme», dice— y caminaba con el cuidado de quien se esmera en no tambalearse.

—Le preguntó si estaba enfermo. «¡Oh, no es nada!», le contestó. «Estaré bien en unos pocos minutos». Luego salió. La enfermera salió de la casa justo detrás de él y lo vio echar al buzón de la esquina la carta que había llevado, tras lo cual regresó a la casa.

“La señora Estep, al bajar las escaleras diez minutos más tarde⁠—no podía haber sido más tarde que eso⁠—, oyó, justo al llegar al primer piso, el ruido de un disparo proveniente del despacho de su esposo. Irrumpió en él sin cruzarse con nadie. Su esposo estaba de pie junto al escritorio, tambaleándose, con un agujero en la sien derecha y un revólver humeante en la mano. Justo cuando ella llegó a su lado y lo rodeó con los brazos, él cayó sobre el escritorio⁠—muerto”.

—¿Alguna otra persona —alguno de los sirvientes, por ejemplo— puede confirmar que la señora Estep no fue a la oficina hasta después del disparo? —le pregunté.

El abogado negó con la cabeza enérgicamente.

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