El barrio chino de San Francisco salta del distrito comercial en la calle California y se extiende hacia el norte hasta el Barrio Latino, una franja de dos manzanas de ancho por seis de largo. Antes del incendio, casi veinticinco mil chinos vivían en esas doce manzanas. Supongo que la población actual ni siquiera llega a la tercera parte de aquello.
Grant Avenue, la calle principal y columna vertebral de esta franja, es en la mayor parte de su recorrido una calle de tiendas ostentosas orientadas al turismo y de llamativos restaurantes de chop suey, donde el estruendo de las orquestas de jazz estadounidenses ahoga el chirrido ocasional de una flauta china. Más hacia las afueras, no hay tanta pintura ni dorados, y uno puede captar el auténtico aroma chino a especias, vinagre y cosas secas. Si uno abandona las arterias principales y los lugares de interés para empezar a curiosear por callejones y rincones oscuros, y no le pasa nada, lo más probable es que encuentre cosas interesantes, aunque algunas no le gustarán.
Sin embargo, no iba curioseando al doblar desde la avenida Grant hacia la calle Clay y subir por el callejón Spofford, en busca de la casa de los escalones rojos y la puerta roja que, según Cipriano, era la de Chang Li Ching.
Sí me detuve unos segundos para mirar hacia Waverly Place al pasar. El filipino me había dicho que los extraños chinos vivían allí, y que creía que su casa tal vez comunicaba con la de Chang Li Ching; y Dick Foley había seguido los pasos de Dummy Uhl hasta allí.
Pero no pude adivinar cuál era la casa importante. A cuatro puertas de la casa de apuestas de Jair Quon, había dicho Cipriano, pero yo no sabía dónde estaba la de Jair Quon.