—¿Has oído la oferta que acabo de hacerle? —preguntó ella—. Pues bien, te hago esa oferta a ti, si lo matas.
Las líneas pensativas en el rostro del muchacho se profundizaron.
—Ahí tienes tu elección, Flippo —le resumí—. Todo lo que puedo darte es la libertad de San Quintín. La princesa puede darte una buena tajada de los beneficios en un golpe fracasado, con muchas probabilidades de terminar en la horca.
La muchacha, recordando su ventaja sobre mí, se le echó encima con furia en italiano, un idioma del que solo conozco cuatro palabras. Dos de ellas son malsonantes y las otras dos obscenas. Dije las cuatro.
El muchacho se estaba debilitando. Si hubiera tenido diez años más, habría aceptado mi oferta y me lo habría agradecido. Pero era joven y ella —ahora que lo pensaba— era hermosa. No era difícil adivinar la respuesta.
“Pero no para cargárselo”, le dijo a ella, en inglés, para que yo lo oyera. “Lo encerraremos ahí dentro, donde estuve yo”.
Sospecubaba que Flippo no tenía grandes prejuicios contra el asesinato. Simplemente pensaba que este era innecesario, a menos que estuviera bromeando para facilitarme la matanza.
La muchacha no quedó satisfecha con su sugerencia. Le soltó más italiano acelerado. Su estrategia parecía infalible, pero tenía un fallo. No lograba convencerlo de que sus probabilidades de huir con algo del botín fueran buenas. Tenía que depender de sus encantos para convencerlo. Y eso significaba que tenía que mantener su atención fija en ella.
No estaba lejos de mí.
Ella se acercó a él. Le cantaba, entonaba, musitaba sílabas italianas en su redonda cara.