fue elegido vicepresidente, lo que aquí equivale con creces a primer ministro. El general Radnjak era un hombre capaz. El ejército lo adoraba, los campesinos confiaban en él y nuestra burguesía sabía que era honesto, conservador, inteligente y tan buen administrador de empresas como militar.
“El doctor Semich es un erudito anciano muy afable, sin la menor noción de los asuntos mundanos. Puede comprenderlo por esto: es fácilmente el mayor de los bacteriólogos vivos, pero le dirá, si tiene una relación de confianza con él, que no cree en absoluto en el valor de la bacteriología. «La humanidad debe aprender a vivir con las bacterias como con amigas —dirá—. Nuestros cuerpos deben adaptarse a las enfermedades, de modo que haya poca diferencia entre tener tuberculosis, por ejemplo, o no tenerla. En eso radica la victoria. Esta guerra contra las bacterias es un asunto inútil. Inútil pero interesante. Así que lo hacemos. Nuestro fisgoneo en los laboratorios es perfectamente inútil, pero nos divierte»”.
“Ahora bien, cuando este entrañable viejo soñador fue honrado por sus compatriotas con la presidencia, se lo tomó de la peor manera posible. Se empeñó en demostrar su agradecimiento cerrando con llave su laboratorio y entregándose en cuerpo y alma a dirigir el gobierno. Nadie esperaba ni quería eso. Radnjak debía haber sido el gobierno. Durante un tiempo logró controlar la situación, y todo marchó bastante bien.
“Pero Mahmoud tenía sus propios planes. Era el secretario del doctor Semich, y se había ganado su confianza. Empezó a llamar la atención del Presidente sobre varias extralimitaciones de Radnjak respecto a los poderes presidenciales. Radnjak, en un intento por apartar a Mahmoud del control, cometió un error terrible. Fue a ver al doctor Semich y le dijo con total franqueza y honestidad que nadie esperaba que él, el Presidente, dedicara todo su