“Hoy apareció Sam. No sabíamos nada de él desde que lo dejamos tendido de espaldas en Birmania. Dijo que lo habían atrapado y encarcelado durante tres años. Luego había escapado, y se había pasado los otros tres buscándonos. Era así. No me quería de vuelta a mí, pero sí quería dinero. Quería todo lo que teníamos. Holley perdió los nervios. En vez de regatear con Sam, perdió la cabeza y trató de dispararle.
“Sam le quitó la pistola y le disparó en la pierna. En el forcejeo, Sam había dejado caer un cuchillo, un kris, creo. Lo recogí, pero él me agarró justo en el momento en que lo tomaba. No sé cómo pasó. Lo único que vi fue a Sam tambaleándose hacia atrás, sujetándose el pecho con ambas manos, y el kris brillando de rojo en mi mano.
“Sam se había dejado caer el arma. Holley la cogió y estaba deseando dispararle a Sam, pero yo no se lo permití. Ocurrió en esta habitación. No recuerdo si le di a Sam el pareo que usábamos para cubrir la mesa o no. De todos modos, intentó detener la sangre con él. Se fue entonces, mientras yo impedía que Holley le disparara.
“Sabía que Sam no iría a la policía, pero no sabía qué haría. Y sabía que estaba malherido. Si caía muerto en alguna parte, lo más probable era que lo rastrearan hasta aquí.
Lo observé desde una ventana mientras bajaba por la calle, y nadie parecía prestarle atención, pero a mí me parecía tan visiblemente herido que pensé que todo el mundo se acordaría de él con seguridad si salía en los periódicos que lo habían encontrado muerto en alguna parte.
—Holley estaba aún más asustado que yo. No podíamos huir, porque tenía una pierna herida. Así que inventamos lo de la historia de los siameses, y fui a Oakland y compré el mantel para que hiciera las veces de pareo. Teníamos algunas armas y hasta unos cuantos cuchillos y espadas orientales aquí. Los envolví en papel, rompiendo las espadas, y los tiré desde el transbordador cuando fui a Oakland.