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nydus/Continental Op StoriesPublic
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I

Hice lo que pude con el agua de un jarro sobre el lavabo para librarme de la mugre blanca que había acumulado.

Luego saqué de mis maletas una camisa gris y un traje de gabardina de estambre, y me colgué la pistola en una funda bajo el hombro izquierdo, donde no fuera un secreto.

En cada uno de los bolsillos laterales de mi abrigo guardé una nueva automática del .32, unos chismes pequeños y chatos que apenas servían más que de juguetes. Su pequeñez me permitía llevarlas donde estuvieran cerca de mis manos sin anunciar el hecho de que la pistola bajo mi hombro no era todo mi arsenal.

El comedor estaba vacío cuando bajé de nuevo. El pesimista cetrino que regentaba el lugar asomó la cabeza por una puerta.

—¿Hay alguna posibilidad de conseguir algo de comer? —pregunté.

«Casi ninguna», y señaló con la cabeza hacia un cartel que decía:

Comidas de 6 a 8 a. m., de 12 a 2 y de 5 a 7 p. m.

—Puedes zampar en la casa del judío, si no eres muy exquisito —añadió con acritud.

Salí, crucé el porche que estaba demasiado caliente para los holgazanes y entré a la calle que estaba vacía por la misma razón. Acurrucado contra la pared de un gran edificio de adobe de una sola planta, que tenía escrito Border Palace a lo largo de toda su fachada, encontré el local del judío.

Era una pequeña choza —tres paredes de madera apoyadas contra el muro de adobe del Border Palace—, abarrotada con un mostrador de almuerzo, ocho taburetes, una estufa, un puñado de utensilios de cocina, la mitad de las moscas del mundo, un catre de hierro tras una cortina de yute medio corrida y el propietario. El interior había estado pintado de

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