Con un rápido movimiento en picada, me cogió la mano derecha, la besó y, con una carrerita tambaleante y saltona, desapareció tras las cortinas de terciopelo.
Usé mi pañuelo para limpiar el mapa de la mesa y estaba fumando en mi silla cuando Chang Li Ching regresó unos veinte minutos más tarde.
Me marché poco después, en cuanto intercambiamos unos cuantos cumplidos mareantes.
El hombre picuelas me condujo hacia la salida.
En la oficina no había nada nuevo para mí. Foley no había podido seguir los pasos de El Silbador la noche anterior.
Me fui a casa a dormir el sueño que no había podido conciliar la noche anterior.