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nydus/Continental Op StoriesPublic
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VI

De nuevo en mi coche de alquiler, le pedí al conductor que me llevara al pueblo más cercano, donde compré una pastilla de tabaco de mascar, una linterna y una caja de cartuchos en el colmado. Mi pistola es una .38 Special, pero tuve que llevarme los cartuchos más cortos y débiles, porque el tendero no tenía los especiales en existencia.

Con las compras en el bolsillo, emprendimos de nuevo el camino hacia la casa de los Shan. A dos curvas de esta, a este lado, detuve el coche, le pagué al chófer y lo despedí, completando el trayecto a pie.

La casa estaba a oscuras por todas partes.

Dejándome entrar lo más silenciosamente posible y usando la linterna con tiento, pasé el interior por el cedazo desde el sótano hasta el desván. Yo era el único ocupante.

En la cocina, saquearon —perdón, saqueé— la nevera en busca de un bocado o dos, que bajé con leche. Me habría venido bien un poco de café, pero el café es demasiado fragante.

Terminado el almuerzo, me acomodé en una silla en el pasillo situado entre la cocina y el resto de la casa.

A un lado del pasillo, unos escalones bajaban al sótano. Al otro, unos escalones subían al piso de arriba.

Con todas las puertas de la casa abiertas, a excepción de las exteriores, el pasillo era el centro neurálgico en lo que a escuchar ruidos se refería.

Pasó una hora, silenciosa salvo por el paso de los coches en la carretera a cien yardas de distancia y el batir del Pacífico allá abajo en la pequeña

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