Cerré la puerta, eché la llave y encendí la luz de la cocina.
El lugar no estaba tan revuelto como me había esperado. Había algunas cacerolas y platos por el suelo, una silla rota y el sitio olía a cuerpos sin lavar. Pero eso era todo —salvo una manga de algodón azul en mitad del suelo, una sandaja de paja junto a la puerta del pasillo y un puñado de cabellos negros y cortos, algo manchados de sangre, al lado de la sandalia.
En el sótano no encontré al hombre que había enviado allí. Una puerta abierta mostraba cómo me había abandonado. Su linterna estaba allí, y la mía, y algo de su sangre.
De nuevo arriba, crucé la parte delantera de la casa. La puerta principal estaba abierta. Las alfombras estaban arrugadas. Un jarrón azul se había roto en el suelo. Una mesa había sido desplazada y un par de sillas habían sido volcadas. Encontré un sombrero de fieltro marrón, viejo y grasiento, que no tenía ni badana ni cinta. Encontré una fotografía mugrienta del presidente Coolidge —al parecer recortada de un periódico chino— y seis papeles de fumar de paja de trigo.
No encontré nada arriba que indicara que alguno de mis invitados hubiera subido.
Eran las dos y media de la madrugada cuando oí que un coche se acercaba a la puerta principal. Me asomé por la ventana del dormitorio de Lillian Shan, en el segundo piso. Ella se estaba despidiendo de Jack Garthorne.
Volví a la biblioteca a esperarla.
—¿No pasó nada? —fueron sus primeras palabras, y sonaron más a una plegaria que a cualquier otra cosa.
—Así fue —le dije—, y supongo que tuviste tu crisis.
Por un momento pensé que iba a mentirme, pero asintió con la cabeza y se dejó caer en una silla, no tan erguida como de costumbre.