elegir a un pringado como Cuello de Ganso para hacer el trabajo; un pringado que se metió en una juerga asesina y luego perdió los estribos. ¡Ponerse a leer y escribir solo porque tres o cuatro testigos lo señalaron! ¡Y llegar nada más que hasta Mexicali! ¡Es un sitio estupendo para elegir! ¡Supongo que estaba tan asustado que el viaje de cinco o seis horas a través de las colinas le pareció una excursión al fin del mundo!
El rostro del hombre no me decía nada. Se acomodó en la silla una pulgada o dos, lo cual habría alineado la pistola en su bolsillo —si es que había una pistola— con mi abultado abdomen. La chica estaba en algún lugar detrás de mí, moviéndose nerviosa. Yo le temía. Estaba locamente enamorada de este hombre frente a mí, y yo había visto la navaja que llevaba atada a una pierna. Imaginaba que sus dedos le picaban por usarla ahora. El hombre y su pistola no me preocupaban mucho. No estaba descerebrado y tampoco era probable que me eliminara por pánico o por diversión.
Seguí adelante con la barbilla en alto.
—No eres ningún tonto, Ed, y yo tampoco. Quiero llevarte al norte con las muñecas encadenadas, pero no tengo prisa. Lo que quiero decir es que no voy a levantarme a intercambiar plomo contigo. Todo esto forma parte de mi rutina diaria. Para mí no es cuestión de vida o muerte. Si no puedo llevarte hoy, estoy dispuesto a esperar hasta mañana. Al final te atraparé, a menos que alguien se me adelante, y eso no me romperá el corazón. Llevo un revólver entre el chaleco y el vientre. Si haces que Kewpie lo saque, estaremos listos para la charla que quiero darte.
Asintió lentamente, sin apartar de mí los ojos. La chica se acercó a mi espalda. Una de sus manos pasó por encima de mi hombro, se metió bajo mi chaleco, y mi vieja pistola negra me abandonó. Antes de apartarse, apoyó la punta de su cuchillo contra la nuca por un instante: un recordatorio amable. Me las arreglé para no retorcerme ni dar un salto.