lejana. * Un vestido de seda verde estaba en el centro del suelo. No había
Corrí a la par que Pat hacia la puerta con cortina más allá de la zapatilla. La puerta no tenía cerrojo. Reddy la abrió de un tirón.
Una habitación con tres chicas y un hombre acurrucado en un rincón, con el miedo reflejado en el rostro. Ninguno de ellos era Myra Banbrock, ni Raymond Elwood, ni nadie que conociéramos.
Apartamos la mirada de ellos después de la primera ojeada rápida.
La puerta abierta al otro lado de la habitación llamó nuestra atención.
La puerta daba a una pequeña habitación.
La habitación era un caos.
Una habitación pequeña, ab abarrotada y enmarañada de cuerpos. Cuerpos vivos, hirvientes, retorciéndose. La habitación era un embudo en el que se había vertido a hombres y mujeres. Hervían ruidosamente hacia la única ventana pequeña que era la salida del embudo.
Hombres y mujeres, jóvenes y muchachas, gritando, forcejeando, retorciéndose, luchando. Algunos no llevaban ropa.
—¡Pasaremos y bloquearemos la ventana! —gritó Pat en mi oído.
—Ni hablar— empecé a decir, pero él ya se había adelantado adentrándose en la confusión.
Fui tras él.
No era mi intención bloquear la ventana. Quería salvar a Pat de su propia insensatez. Ni cinco hombres habrían podido abrirse paso a través de