Caminando hacia California Street, registré mi memoria en busca de lo que había oído aquí y allá sobre Bernard Gilmore. Podía recordar algunas cosas —los periódicos de oposición solían sacarle los trapos sucios en cada año electoral—, pero ninguna de ellas me servía de nada. Lo conocía de vista: un hombre bullicioso y de rostro encendido que se había abierto paso a golpes desde peón albañil hasta convertirse en propietario de un negocio de medio millón de dólares y de un bonito cargo en la política local. «Un vándalo con manicura», lo había llamado alguien; un hombre con muchos enemigos y más amigos; un bravucón grandote, bonachón y contundente.
Fragmentos de una docena de escándalos de malversación en los que se había visto envuelto, sin que nadie lograra pillarle nada en firme, cruzaron por mi cabeza mientras viajaba hacia el centro en el asiento exterior, demasiado pequeño, de un tranvía de cable. Luego se había rumoreado algo sobre un Sindicato del contrabando de alcohol del que se supone que era el cabecilla. …
Dejé el coche en la calle Kearny y caminé hasta el Palacio de Justicia. En la sala de reuniones de los detectives encontré a O’Gar, el sargento detective al mando del Departamento de Homicidios: un hombre regordete de unos cincuenta años al que le van los sombreros de ala ancha al estilo de sheriff de película, pero cuyos pequeños ojos azules y cabeza de bala no se ven disminuidos por el extravagante sombrero.
—Quiero información sobre el homicidio de Gilmore —le dije.
—Yo también —replicó él—. Pero si me acompañas, te diré lo poco que sé mientras como. Todavía no he almorzado.