Oscuridad—salpicada de naranja y azul—llena de ruido.
Tenía a Maurois preso de los brazos. Caímos sobre el difunto Billie. Me giré, pateándole la cara al francés. Liberé un brazo. Atrapé uno de los suyos. Su otra mano me arañaba la cara a zarpazos. Eso me indicó que la bolsa la tenía en el brazo que sujetaba.
Unos dedos encrespados me desgarraron la boca. Hincé los dientes en ellos y no los solté. Tenía una de mis rodillas sobre su cara. Descargué todo mi peso sobre ella. Mis dientes seguían aferrados a su mano. Mis dos manos quedaron libres para coger la bolsa.
No es agradable, este trabajo, pero es eficaz.
El cuarto era el interior de un tambor negro sobre el que un gigante estuviera redoblando. Cuatro cañones disparaban juntos en un prolongado y palpitante estruendo.
Las uñas de Maurois se clavaron en mi lengua. Tuve que abrir la boca para dejar escapar su mano. Una de mis manos encontró la bolsa. Él no soltaba. Le torcí el pulgar. Gritó. Yo tenía la bolsa.
Intenté dejarlo entonces. Me agarró de las piernas. Le tiré una patada; falló. Se estremeció dos veces y dejó de moverse. Una bala perdida le había dado a él, me tocaba a mí. Rodando hacia el suelo, acurrucándome junto a él, le pasé una mano por encima. Un bulto duro se formó bajo mi mano. Metí la mano en su bolsillo y recuperé mi pistola.
A gatas—con un puño aferrado a mi pistola, el otro apretando la bolsa de seda con las joyas—, me volví hacia donde debería haber estado la puerta de la habitación contigua. Tras un paso en falso, corregí el rumbo. Al cruzar la puerta, el estruendo en la habitación a mis espaldas cesó.