dejaran sola esta noche. Su propósito era retenerme allí —para masajear cualquier otra barbilla que se le presentara—. Su idea —siendo del tipo que era— era que me retendría con mayor seguridad a base de afecto. Así que tenía que soltarse conmigo. No la frenaba ningún puritanismo ni mojigatería en absoluto.
También tengo una idea. La mía es que, cuando suene el último gong, voy a llevar a esta nena y a algunas de sus amiguitas a la prisión de la ciudad. Esa es una razón excelente —entre una docena que se me ocurren— por la que no debería ponerme sentimental con ella.
Yo estaba de sobra dispuesto a acampar allí con ella hasta que pasara algo. Aquel apartamento parecía el escenario de la próxima acción. Pero tenía que disimular mi propio juego. No podía dejar que supiera que ella solo era una figura menor en él.
Tenía que fingir que detrás de mi buena disposición para quedarme no había más que el deseo de protegerla. A otro hombre le habría bastado con una actitud caballeresca, de paladín andante, de protector de la feminidad sin intereses personales. Pero yo no parezco, ni puedo actuar con facilidad, ese tipo de persona.
Tenía que mantenerla a raya sin dejar que adivinara que mi interés no era personal. No fue nada fácil. Ella era demasiado malditamente directa y tenía demasiado brandy encima.
No me hacía ilusiones de que mi belleza y mi personalidad fueran responsables de su calidez. Era un macho de brazos gruesos y puños grandes. Estaba en un apuro. Deletreaba mi nombre P - r - o - t - e - c - c - i ó - n . Yo era algo que debía interponerse entre ella y los problemas.
Otra complicación: no soy ni lo suficientemente joven ni lo suficientemente viejo como para entusiasmarme con cualquier mujer que no logre hacerme pensar que estar ciego no es tan mala idea. Estoy en ese