Se estiró para tomar mi mano y la estrechó con gravedad.
“Es reconfortante que a uno le aprecien sus pocas virtudes”.
Antes de que Talbert Exon muriera, mandó a llamarme. Quería morir, dijo, con su curiosidad satisfecha; y así intercambiamos información. Yo le conté cómo había llegado a sospechar de él —más o menos lo mismo que le había dicho a su yerno— y él me contó por qué había intentado matar a Barbra Caywood.
Catorce años atrás había matado a su mujer; no por el seguro, como se había sospechado, sino en un arrebato de celos.
Sin embargo, había encubierto tan minuciosamente las pruebas de su culpa que jamás lo habían llevado a juicio; pero el asesinato le había pesado al punto de convertirse en una obsesión.
Él sabía que nunca se traicionaría a sí mismo conscientemente —era demasiado astuto para eso— y sabía que jamás se encontraría una prueba de su culpa. Pero siempre existía la posibilidad de que alguna vez, en estado de delirio, en sueños o borracho, dijera lo suficiente como para llevarlo a la horca.
Pensaba en este aspecto con demasiada frecuencia, hasta que se convirtió en un miedo enfermizo que lo acosaba siempre. Había dejado de beber —eso era fácil—, pero no habíamanera de protegerse contra las otras cosas.
Y uno de ellos, dijo, finalmente había ocurrido. Le había dado neumonía, y durante una semana había estado delirando, y había hablado. Al salir del delirio de esa semana, le había preguntado a la enfermera.
Ella le había dado respuestas evasivas, no quería decirle de qué había hablado, qué había dicho. Y entonces, en momentos de descuido, había descubierto que los ojos de ella se posaban en él con repugnancia, con una intensa repulsión.