En cinco minutos estaba de vuelta con una esbelta muchacha rubia de veintitrés años vestida con seda verde claro. La flacidez de su pequeña boca y la hinchazón alrededor de sus ojos azules aún no eran lo suficientemente pronunciadas como para arruinar su belleza.
Me puse de pie.
—Esta es la señorita Hambleton —dijo él.
Me dirigió una rápida mirada y luego volvió a bajar los ojos, jugando nerviosamente con la correa de un bolso que sostenía.
—¿Puede usted identificarse? —pregunté.
—Claro —dijo el hombre—. Enséñaselos, Sue.
Abrió el bolso, sacó unos papeles y algunas cosas más, y los levantó para que los tomara.
—Siéntate, siéntate —dijo el hombre mientras yo las tomaba.
Se sentaron en el sofá. Me senté de nuevo en la mecedora y examiné las cosas que me había dado. Había dos cartas dirigidas a Sue Hambleton, el telegrama de su padre dándole la bienvenida a casa, un par de facturas pagadas de unos grandes almacenes, una licencia de conducir de automóvil y una libreta de ahorros que mostraba un saldo de menos de diez dólares.
By the time I had finished my examination the girl’s embarrassment was gone. She looked levelly at me, as did the man beside her. I felt in my pocket, found my copy of the photograph New York had sent us at the beginning of the hunt, and looked from it to her.