A excepción de un montón de armas de todos los tamaños y más que suficiente munición para abastecerlas, no encontramos nada muy emocionante hasta que dimos con una puerta pesada —con traba y candado—, situada a medias en los cimientos del edificio principal y a medias en el montículo sobre el que se alzaba la construcción.
Encontré un trozo roto de piqueta oxidada y con él rompí el candado de un golpe. Luego quitamos la barra y abrimos la puerta de un empujón.
Hombres salieron apresuradamente hacia nosotros desde un sótano sin ventilar y sin luz.
Siete hombres que hablaban una amalgama de idiomas al acercarse.
Usamos nuestras armas para detenerlos.
Su cháchara se elevó, excitada.
—¡Silencio! —les grité.
Ellos sabían a qué me refería, aunque no entendieran la palabra. El babel se detuvo y los examinamos de arriba abajo. Los siete parecían extranjeros, y una caterva de bandidos de aspecto peligroso. Un japonés bajito con una cicatriz de oreja a oreja; tres eslavos, uno barbudo, de cuerpo de tonel y ojos rojizos, los otros dos de cabeza de bala y cara astuta; un corpulento moreno que era inequívocamente griego; un patizambo cuya probable nacionalidad no acertaba a adivinar;