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nydus/Continental Op StoriesPublic
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XIV

be. * Her eyes were wide-set and of a grey shade that wasn’t altogether unlike the shadows on polished silver that the poet had compared

Estudié a la muchacha, y ella me devolvió la mirada con ojos firmes, y aun así no lograba ubicarla.

Kilcourse seguía sentado con una pierna colgando del borde de la mesa.

Joplin se impacientó.

—¿Quieres dejar de mirarle el trasero a la muchacha y decirme qué quieres de mí? —gruñó.

La niña sonrió entonces, una sonrisa burlona que dejó ver los bordes de unos dientecitos de animal afilados como navajas. ¡Y con la sonrisa la reconocí!

Su cabello y su piel me habían engañado. La última vez que la había visto —la única vez que la había visto antes—, su rostro había sido blanco como el mármol y su cabello había sido corto y del color del fuego. Ella, una mujer mayor, tres hombres y yo habíamos jugado a las escondidas una tarde en una casa de la calle Turk a propósito del asesinato de un mensajero de un banco y el robo de cien mil dólares en bonos de la Libertad. Por sus intrigas, tres de sus cómplices habían muerto aquella tarde, y el cuarto —el chino— había terminado en la horca de la prisión de Folsom. Su nombre era Elvira entonces, y desde su huida de esa casa aquella noche la habíamos estado buscando infructuosamente de frontera a frontera, y más allá.

El reconocimiento debió de reflejarse en mis mirada a pesar del esfuerzo que hice por mantenerla inexpresiva, pues, rápida como una serpiente, había abandonado el brazo del sillón y se acercaba, con los ojos más de acero que de plata.

Puse mi pistola a la vista.

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