A las siete menos cuarto de esa tarde, mientras O’Gar se quedaba calle abajo, toqué el timbré de Jacob Ledwich. Como me había quedado con Bob Teal en nuestro apartamento la noche anterior, todavía llevaba puesta la ropa con la que había conocido a Ledwich como Shine Wisher.
Ledwich abrió la puerta.
«¡Hola, Deseante!», dijo sin entusiasmo, y me guió escaleras arriba.
Su piso constaba de cuatro habitaciones, según descubrí, que abarcaban toda la longitud y la mitad de la anchura del edificio, con salidas tanto al frente como a la parte trasera. Estaba amueblado con los habituales y no muy pulcros bártulos del típico piso amueblado de precio moderado, iguales en todo el mundo.
En su sala nos sentamos, charlamos, fumamos y nos medimos el uno al otro. Parecía un poco nervioso. Pensé que habría estado igual de satisfecho si me hubiera olvidado de aparecer.
—¿Sobre ese trabajo del que hablaste? —pregunté al cabo de un momento.
—Disculpa —dijo, humedeciéndose la pequeña y abultada boca—, pero se cancela todo. —Y luego añadió, claramente como una ocurrencia tardía—: por el momento, al menos.
Deduje por eso que mi trabajo había sido cuidar de Boyd, pero Boyd ya estaba cuidado para siempre.
Sacó un poco de whisky al cabo de un rato, y estuvimos hablando de ello un tiempo, sin ningún propósito en absoluto. Él intentaba no parecer