La pared empapelada de gris estaba salpicada de sangre, perforada con agujeros por donde un par de balas habían pasado de lado a lado. Los jóvenes ojos de Jack Counihan distinguieron en el papel una mancha que no era accidental. Estaba cerca del suelo, junto al Niño Escalofriante, y la mano derecha del Niño estaba manchada de sangre. Había escrito en la pared antes de morir, con los dedos sumergidos en su propia sangre y la de Toots Salda. Las letras de las palabras mostraban interrupciones y huecos donde los dedos se le habían quedado secos, y las letras eran torcidas y desaliñadas, porque debía de haberlas escrito en la oscuridad.
Rellenando los huecos, tolerando las torceduras y adivinando allí donde no había indicaciones que nos guiaran, obtuvimos dos palabras: «Big Flora».
—No significan nada para mí —dijo Duff—, pero es un nombre y la mayoría de los nombres que tenemos ahora pertenecen a hombres muertos, así que ya es hora de que vayamos añadiendo a nuestra lista.
—¿Qué opinas de esto? —preguntó O'Gar, de cabeza achaparrada y sargento detective del Departamento de Homicidios, mirando los cuerpos—. ¿Sus compinches les tomaron la delantera, los pusieron contra la pared y el francotirador de la cocina los acribilló, pam-pam-pam-pam-pam-pam?
—Así es como se lee —coincidimos los demás.
—Diez de ellos vinieron aquí desde Fillmore Street —dije—.
Seis se quedaron aquí. Cuatro fueron a otra casa..., donde parte de ellos está ahora masacrando a la otra parte. Lo único necesario es rastrear los cadáveres de casa en casa hasta que solo quede un hombre, y este tendrá que terminar la jugada suicidándose, dejando el botín listo para ser recuperado en sus paquetes originales. Espero que ustedes no tengan que pasar toda la noche en vela para encontrar los restos de ese último matón. Vamos, Jack, vámonos a casa a dormir un poco.